domingo, 20 de julio de 2008

Malabares


Nuestra Señora, con el Niño Jesús en sus brazos, decidió bajar a la Tierra y visitar un monasterio.
Orgullosos, todos los padres formaron una fila, y cada uno se acercaba ante la Virgen para rendirle su homenaje. Uno declamó bellos poemas, otro mostró las iluminaciones que había realizado para La Biblia, un tercero declamo los nombres de todos los santos. Y así sucesivamente, monje tras monje, fueron presentando sus homenajes a Nuestra Señora y el Niño Jesús.
En último lugar de la fila había un padre, el más humilde del convento, que nunca había aprendido los sabios textos de la época. Sus padres eran personas simples, que trabajaban en un viejo circo de los alrededores, y todo lo que le habían ensenado era a lanzar bolas al aire haciendo algunos malabarismos.

Cuando llego su turno, los otros padres quisieron terminar los homenajes, porque el antiguo malabarista no tenía nada importante que hacer o que decir, y podía desacreditar la imagen del convento. No obstante, en el fondo de su corazón, el también sentía una inmensa necesidad de dar algo de si mismo para Jesús y la Virgen.

Avergonzado, sintiendo sobre si la mirada reprobatoria de sus hermanos, saco algunas naranjas de su bolsa y comenzó a tirarlas al aire, haciendo malabarismos, que era lo único que sabia hacer.

Fue en ese instante que el Niño Jesús sonrió y comenzó a aplaudir en el regazo de Nuestra Señora, y fue hacia el que la Virgen extendió los brazos, dejando que sostuviera un poco al Niño.

-El alquimista - Paulo Cohelo-


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